Hernan Paniagua es un psicoterapeuta, dietista y storyteller nacido en la Ciudad de México el domingo 7 de marzo del '76; es asiduo a la literatura, los bares, el gimnasio y desde hace cuatro años a mantener un blog que periódicamnte alimenta confiando en que también a través de las palabras se existe y se pervive.

Las palabras forman historias y éstas a su vez son la dulce materia de la que se hilvanan vidas. Llamo sutras a estos fragmentos de mi esencia que puedes leer y narrarlos de vuelta si te place; jirones de mi propia historia que me explican a mí y que a veces se enredarán entre las hebras de tu propia experiencia, finalmente tu y yo somos la metáfora de un mismo cuento, de una misma historia.

Después de ver Ávatar

Vengo de ver Avatar, la película de James Cameron que, según los críticos, es un salto crucial en el modo de hacer películas animadas, y puede que películas en general. La vi, todas las escasas tres horas que dura, y no dejé de sentirme fascinado por su belleza visual, la música... y también hacerme algunas preguntas que todavía me trato de responder:

  • ¿Cuánta más tecnología necesitas para sentir que haces contacto con quienes dices amar?
  • ¿Cuánto mide el esfuerzo que necesitas para VER a quienes amas, para en verdad TOCARLOS?
  • ¿Cómo harías para que ellos sintieran que tu en verdad los estás viendo?
  • ¿Compartirías la opinión de que la tecnología que inventamos solo es un paliativo ante los fragmentos de nuestra naturaleza a los que vamos renunciando?
  • ¿A qué fragmento de ti has renunciado?
  • ¿Qué es lo que verdaderamente te hace falta?
  • Si puedes sentir tu mano como parte de tu cuerpo y no como una mano adherida al resto de lo que eres, ¿porque razón no te sientes tu parte de ese árbol, o de este viento?
  • ¿Hay posibilidad de que existamos amputados del resto de cuanto nos rodea?
  • ¿Qué tan lejos, que tan cerca, que tan parte eres de cuanto te rodea?
  • ¿Qué es lo que a ti te rodea?, ¿hay montañas, árboles, viento, animales, personas?
  • ¿Cómo sería sentir que formas parte de tanto?
  • ¿Les escuchas?
  • ¿Les has sentido oírte?
  • ¿Seguirías temiendo a la muerte si supieras que eres, fuiste y siempre serás parte de este todo que te envuelve?
  • ¿Temerías a lo desconocido?
  • ¿Volverías en tu vida a sentir soledad alguna vez?
  • ¿Cómo sentirías al universo si fueras un residente del cosmos, a veces de esta forma, a veces con otra?; ¿qué tal si mañana fueses flor, fruto, o una consciencia liberada?
  • ¿Te das cuenta de cuánta eternidad has existido?
  • ¿Cómo cambiaría el ritmo de tu vida a partir de saber toda tu eternidad?
  • ¿Qué sería realmente lo importante?
  • ¿Imaginas sentir que perteneces a cada rincón del universo, que eres familiar a cada ser vivo sobre esta Tierra?, ¿volverías a ser un forastero?
  • ¿Qué eres; eres como dices llamarte, lo que sea que haces, cosmos, energía, un accidente en el universo o eres en ti un estadio de la evolución del cosmos, un paso delante de todo cuanto existe?
  • ¿Qué tan lejos necesitas ir para apartarte suficientemente de la Naturaleza?, si la llevas contigo a donde vayas, en tus poros, en tu cabello, en tus células y en tu esencia.
  • ¿Volverías a sentirte avergonzado de algo, si recordaras a cada instante el fragmento de universo que heredaste; el fragmento de infinitud que eres?
  • ¿Cuándo fue la última vez que agradeciste a la Tierra que pisas el cobijo que te da?
  • ¿Alguna vez pensaste que es la Tierra en que habitas la que te obsequia cada día esa caricia a la que tú sientes como un hogar?
  • ¿Cómo se siente un hogar?
  • ¿Qué le das a cambio al fragmento de Tierra al que llamas hogar?
  • ¿Podría ser el cuidado que te da esta Tierra que pisas, similar al cuidado que una madre tiene por su cría?
  • ¿Has sentido cómo te acaricia el viento; o recuerdas el tacto de una ola sobre tu piel?
  • ¿Sientes, incluso, tus ojos al moverse leyendo estas líneas?
  • ¿Sientes al aire cuando al inhalar lo invitas a cruzar tus fronteras?
  • ¿Crees que entre tú y el mundo, en verdad existen fronteras?
  • ¿Dónde empiezas tú y donde termino yo?
  • ¿Cómo harías para que quienes amas sientan que contigo forman parte de una misma energía, o de una sola esencia?
  • ¿Crees en el espíritu?
  • ¿Llamarías hermana a una llanura?; ¿quizás a la espesura de un bosque?
  • ¿Te parece absurdo?
  • ¿Prefieres sentir que estas desconectado?
  • ¿Llamarías padre al sol que te quita el frío?
  • ¿Si creyeras en que no hay límites entre tu mano y una brizna de pasto atrapada entre tus dedos, te sentirías tan antiguo como un árbol; tan fuerte como una montaña?
  • ¿Si sintieras al viento que inunda tu ser, desde tus pulmones hasta tus dedos, tu cabello, tus moléculas, reconocerías el poder de un tifón guarecido en tu interior?
  • ¿Te has detenido a pensar qué sensación tiene de ti el universo?
  • ¿Qué sienten por ti las aves?
  • ¿Temerías a una cucaracha caminando por tu pecho?
  • ¿Alguna vez le pediste al lugar al que llegas, el permiso para explorarlo?, ¿has sentido cuando ese lugar te permite estar?
  • ¿Si supieras que no hay fronteras entre lo que eres y lo que yo soy, que eres de la misma materia y escancia que cualquier ser humano, reconocerías a Dios en ello?
  • ¿Sufrirías del temor a Dios si vieras que tu, al igual que el árbol que esta más allá de tu ventana, que el viento, que la tierra, eres un componente esencial de Su ser?
  • ¿Creerías en tu propia grandeza si creyeras en que de no haber existido tú, Dios existiría incompleto e inacabado?; ¿en que cualquier otro ser humano existiría incompleto e inacabado?
  • ¿Proviniste de los dioses, creaste tus dioses, o eres parte de ellos?; ¿que necesitas para dejar de hablar de Dios como una tercera persona?
  • ¿Al final de cuentas, de quién eres superior, o de qué?; ¿frente a qué eres inferior, si la grandeza del cosmos reside en tu misma existencia?
  • ¿Nos sientes?
  • ¿Notas cómo respiramos juntos?
  • ¿Te das cuenta cuánto me necesitas, y a la vez la falta que me harías si no estuvieras?
Si ya la viste, quiza tu tengas algunas respuestas que obsequiarme.

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Cedric Sarthois, el inicio.

La noche habita dentro de estas cuatro paredes envueltas por la polilla y los años, el polvo, mis recuerdos y los murmullos de las sombras que se resisten a darle un lugar al silencio. Es nuestro secreto santuario, mío y de la noche, indistinguibles desde hace tantos años que estoy tan solo a minutos de perder la cuenta. Tanto tiempo, tanto cansancio. Para muchos, el correr de los años es una inexorable marcha hacia el final, en el que acaban los agobios, los esfuerzos, las sorpresas y solamente resta la paz. Llegado ese final uno, se dice, puede relajarse y fundirse con la más completa vastedad; te unes al cosmos y titilas al son de las estrellas, fluyes con la marea y te despiertas para resplandecer con las primeras llamas del alba. Llegado ese final eres noche, pero también eres amaneceres y cabalgas sobre los rayos del sol mientras el viento agita los prados para recibirte.

Otros, si embargo, con el correr de los años marchamos a lo largo de sucesivos principios; una interminable cadena de inicios inconclusos que jamás alcanzan final alguno, simplemente se suceden uno después del anterior dando pie a consecuencias y efectos que jamás cesan. Quedas atrapado por cada palabra que pronunciaste en el pasado, cada paso, cada contacto, y sus repercusiones te persiguen no importando cuan lejos corras, a que mundo escapes o en que agujero te escondas. Tarde o temprano siempre habrá una consecuencia que te siga el rastro hasta dar contigo. Eso es el cansancio, la nula posibilidad de que mis responsabilidades, un día por clemencia de los dioses, lleguen a su fin.

Pero los dioses han partido, y tuvieron a bien llevar su clemencia con ellos. Ahora estamos solos.

Y yo estoy solo, en el sótano de esta casa a mitad de la nada. A veces el viento de la montaña arrastra hasta acá debajo algo del aire que escapa del bosque; el manto de nieve no logra extinguirlo del todo, y en las madrugadas los aromas más bien pareciera que repuntan. Esta casa fue otrora el refugio de paso de montañistas que probaban su suerte buscando llegar al pico de la montaña, pero a ultimas fechas la mala fama del lugar le ha restado la totalidad de sus habituales visitantes y nadie, en los meses más recientes, ha llamado a esta puerta solicitando el calor de una hoguera, una manta y algo humeante para beber. Tanto mejor. Creo que los espíritus del bosque se han esmerado mucho en aislar este pedazo de roca del resto del mundo, no entiendo la razón, pero tampoco me importa.

Estoy cansado.

La noche roza sutilmente mis manos con su toque níveo, suave como una telaraña arrasada por la intemperie. Con las pocas semanas que llevo aquí ella ya ha parido más de un centenar de sombras que retozan entre mis libros y debajo de los muebles, entre mis piernas y por las paredes. De cuando en cuando las oigo triturar el cuerpo de alguna rata que se cuela entre la madera, pero se que no dejan restos; son excelentes cuando se trata de no dejar rastros.

He bajado a este cuarto todo lo que me vincula con el mundo exterior y que he venido arrastrando conmigo a lo largo de los años; es decir, me encuentro rodeado por una infinidad de antigüedades. No necesito ninguna iluminación para saber que a mis espaldas está el primer hombre del Vitrubio que un viejo amigo pintó con un lápiz de deleznable calidad, sobre mí hay colgado un amuleto hecho de fragmentos de media docena de animales distintos que parece brillar ligeramente, pero es que las sombras evitan insistentemente su contacto. No es de extrañar. Cerca de mi mano hay un pequeño hatillo marrón con mis viejas runas de hueso, tendrán acaso trescientos o cuatrocientos años, pero el tratamiento con sangre las mantiene en un perfecto estado. Supongo que debajo de ellas continua estando aquella vieja carta con la que una mano de débil pulso me invitaba a pasar la noche en Clos – Luce, en el abril de hace muchos, muchos años.

Los recuerdos pesan como una lápida; desearía poder dormir y que la inconsciencia me obsequiara unos momentos de nada, de una nada suave y cálida. Pero el sueño hace mucho que dejó de llamar a mi puerta y he de quedarme aquí, con los fantasmas de mi memoria doliéndome en cada poro de mi ser. Extraño a los míos, extraño mis hogares y me extraño a mí, por sobre todo, me extraño a mi; especialmente en estos tiempos en los que no se dónde termina mi piel y donde inicia la oscuridad, en los que no identifico distinciones entre el presente y lo pasado, o entre el porvenir y lo que ya ha sucedido una y otra vez. Si en algún momento me sentí vivo, su recuerdo no está ya conmigo.

Pero al fin de esta noche obtendré paz; la tranquilidad derribará la puerta de esta casa y como un huracán irrumpirá en este santuario para devastarlo todo a su paso, haciendo girones mi noche y conduciéndome a mí al sitio donde reposan tantos y todos los recuerdos que he amado y que el paso del tiempo paulatinamente me llevó a olvidar. Mi verdugo me volverá un recuerdo y por fin, quizá con mi sangre en su boca, quizá con ella diseminada en el piso, podré descansar.

Es una cita con mi última consecuencia.

Pero hasta entonces me entregaré al placer morboso que por cuatro centurias he evitado con desesperada obstinación: recordaré, y dejaré la letra de mis recuerdos para pervivir a través de mi historia en páginas amarillentas que probablemente nadie encontrará. Pero eso es asunto del destino; mi nombre es Cedric Sarthois y nací en una noche de primavera de 1509.
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Sutra de las brujas.

En uno de mis recuerdos más viejos mi mamá está sentada en la sala de mi casa, conmigo y trae un mazo de cartas en la mano. Una a una las va poniendo boca abajo, frente a mi y me pide con cada carta que pone que le diga el palo al que ésta pertenece, a veces solo me pide el color, en ocasiones incluso el número. Recuerdo que era una costumbre divertida porque constituían momentos familiares de gran calidad, ella me animaba a adivinar una carta más mientras ya sostenía en mano la siguiente. A veces sabía cuál era la que aguardaba en su otra mano y no la que ponía sobre la mesa.

Hoy en día aún funciona, y si me enfoco jamás pierdo un volado. Es muy sencillo recordar lo que va a pasar cuando las probabilidades son de un tercio de posibilidad.

Hay otro recuerdo donde estoy yo en la casa de mi bisabuela, una viejísima casa en la Nápoles con olor a antiguo y a semillas, porque en esa casa la comida era como la dieta de un pollo. La hermana de mi abuela, que entonces era mi profesora de kindergarten, me sentaba a la mesa de un comedor enorme y me plantaba enfrente un libro de cualquier cosa para que lo leyera. Apagaba entonces las luces y tomaba mi mano derecha para depositarla sobre las hojas abiertas, las yemas de mis dedos sobre las líneas y ella motivándome a empezar a leer mientras cubría mis ojos con un pañuelo que agredía a mi nariz con un perfume dulzón e insoportabe. Solo una vez funcionó esto de la lectura, todas las demás, que fueron muchas, constituyeron un rotundo fracaso.

Aún me acuerdo que mi éxito tenía que ver con una página de algún capítulo de la comedia de Dante, un renglón que hablaba de hombres sepultados de cabeza para todo cuanto restaba de la eternidad.

La primera chica que me gustó durante la secundaria era una popular niña de ascendencia griega que podía hacer saltar un palillo de dientes con solo ponerlo sobre su mano. Lo colocaba en su palma y el mondadientes emprendía una frenética ejecución como si se tratara de un frijolito saltarín. Fué amor a primera vista.

En el Bosque de Chapultepec una mujer que decía haber nacido en las salas del mismísimo castillo me enseñó a leer las runas, en mis sueños.

Uno de los mitos más importantes de África ubica a las mujeres como el primer vínculo con la esfera de lo divino y con la magia, ellas, se dice, son quienes tienen el poder de devolver a nuestro mundo material a los ancestros. Cuando uno muere y trasciende para convertirse en un ancestro guía de la tribu, debe buscar a una mujer encinta para que ella le ayude a volver a estar vivo. Si ella se lo permite, el ancestro regresa transmutado en el hijo de esa mujer.

Buscando más atrás en nuestra memoria cultural, encontramos que las mujeres fueron las primeras que se encargaron de la chamba de ser sacerdote y guía; cuando un nuevo niño cruzaba el corredor que le apartará de una vez del mundo interior de su madre, son ellas quienes le limpian de todo lo material y espiritual que le estorba, para poder abrazarse a la vida; cosa que habrá en delante de hacer hasta el hartazgo. Cuidan los pasos de su desarrollo y le protegen a cada momento de las influencias visibles e invisibles.

Recuerdo que una vez mi madre puso tijeras bajo mi almohada sin que yo supiera en que momento lo hizo. Al despertar me encontré con ellas, que eran marca barrilito, preguntándome cómo era que habían llegado ahí.

En nuestra historia cultural las brujas se han vuelto anatema desde que los hombres nos hicimos del control. El lejano momento en el que las mujeres de poder fueron fuente de la sabiduría humana se borró de los anales y no quedaron más que vestigios de su existencia; meras inferencias lógicas.

En el origen había una diosa, porque se trataba de la Tierra deificada, Gaia, a la que los hombres y mujeres le rendían culto esperando que a cambio les diera más frutos para el próximo año. Entre los humanos y la Tierra quedaron las mujeres como intermediarias del favor divino y el deseo de los humanos. Pero hubo hombres que desearon el poder e influencia que ellas tenían, querían para ellos las repercusiones lógicas que el ser dadoras de vida les brindaba como derechos de nacimiento, así que se dieron a la tarea de cuestionar su credibilidad y labor, y pusieron sacerdotes encima de las mujeres sabias, desterraron a Lilith e inventaron un ritual bautismal que remeda el acto de extraer al niño húmedo y asustado del útero materno. Ellos las fueron borrando a ellas.

Esto, la verdad, fue una estrategia bastante disfuncional, pero pensemos que el ser humano ambicioso suele padecer de una triste percepción de túnel; así que era mucho esperarse que en lugar de arrebatar el poder de ellas propusieran compartirlo. En fin, no eran muy listos.

Ellos las fueron borrando a ellas, y cuando surgía por aquí o por allá una nueva mujer sabia, las enseñanzas patriarcales la transformaban en el objeto de la sospecha y el miedo: una bruja. Y bueno, todos conocemos el punto de ebullición social al que se quema una bruja.

Las brujas fueron entonces la desafortunada evolución de las mujeres de poder, de ellas que son en si mismas el conducto de la muerte hacia la vida. Desde entonces adoptaron conductas de ocultamiento si deseaban desarrollar su conocimiento, disfrazándose de hombres para acceder a los libros o internándose en un convento donde nadie las pudiese cuestionar en su búsqueda. Ir en pos del conocimiento es malo, especialmente cuando se es mujer.

Cuenta un mito que tristemente no ha perdido del todo su vigencia, que en una tierra primigenia donde el hombre y la mujer vieron la luz por primera vez, existió un árbol de aspecto imponente, un tronco poderoso y unas ramas cuyo follaje ocultaba al mismísimo sol y creaba un pequeño ocaso donde usualmente pudieramos encontrar una humilde sombra. De este árbol nacían frutos hermosos, de aspecto delicioso y un aroma vivificante; se dice que jamás caían al suelo por muy maduros que llegan a estar, y se dice también que desde el principio de los tiempos estaba prohibido comer de ellos, era el árbol del conocimiento: Iggdrasill.

Pero un día llegó la primera mujer buscando alimentarse de este gran árbol y a escondidas de los dioses se hizo de uno de esos frutos y lo mordió, lo degustó con su paladar lentamente y lo tragó con suavidad sintiendo como la pulpa en su boca se volvía espuma que descendía por su garganta, trepaba por su olfato e inundaba con un extraño halo su ser de poro en poro, palmo a palmo. Se incorporó entonces, descubriendo se había apoyado en el tronco del árbol para resistirla vertiginosa sensación de que su mundo entero daba vueltas en torno a ella; y entendió.

Entendió porqué no debía comer de aquél fruto, de porqué el no - saber evita las tristezas, pero también la felicidad, de quién era ella y cuál era su destino: el que ella quisiera. Y henchida de felicidad y con el sabor de la libertad en sus labios, fue a buscar al primer hombre para darle a probar del fruto del conocimiento. Y el primer hombre mordió el fruto y lo probó, y entonces él también entendió.

Saber es un derecho de nacimiento de las mujeres en tanto que son seres humanos, y que la sociedad moderna se lo niega en distintas magnitudes porque, finalmente, modernidad no necesariamente implica avance, solo una deprimente y estática actualidad. ¿Qué tanto se asemejan los tiempos modernos a los dias en que nuestros ancestros caminaron sobre esta tierra?, quiza han cambiado las formas de hacer, pero lo que hacemos y creemos hoy es lo mismo que se hizo y creyó hace centurias.

En el mito artúrico también está la historia de un hombre que llega a ser muy grande bajo la instrucción de las mujeres que le rodean, y con su grandeza forja los cimientos de Camelot y guía a Arturo por lo avatares de su vida. Pero si bien la de Merlín es una historia de alguien que fue enseñado por mujeres, también hay historias donde hombres son los maestros de prominentes aprendices; sin embargo estas historias carecen del punch emocional que las otras si tienen. Finalmente la mujer como maestra es un paralelismo del arquetipo de la mujer como madre, una figura dadora de vida, aún cuando la vida ya está ahí; cuando solo la modifica.

Así es esto de las brujas: son mujeres que saben más que los demás y se les nota en la mirada, en su andar; poseen la seguridad de aquél (o aquella) que sabe cosas, pero son cautas. A veces fingen ser inseguras para no asustar, para que no las reconozcan. Hoy en día ya no las quemamos porque ha dejado de ser una práctica políticamente correcta y además el humo de la combustión contamina y dispara los imecas, pero se las descalifica y se les montan adjetivos humillantes con el objetivo de restarle credibilidad a sus palabras, peligrosidad a sus argumentos; sin embargo son mujeres de poder, tal como lo era Morgana, Juana de Arco, la Dama del Lago, Juana de Asbaje, Catalina de Medici, María Magdalena o Lilith. Seguirlas o condenarlas es una opción personal, de cualquier manera ellas continuarán existiendo y esperando a que las busquen aquellos o aquellas que estén dispuestos a aprender a ver.
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Sutra de las ventanas rotas.

La avenida Aztecas, en Coyoacán, es junto con Garibaldi la meca de los mariachis. Si te propones llevarle serenata a tu amorcito, o si ha llegado el cumpleaños de tu progenitora y quieres agasajarla al más puro estilo mexicano, en Aztecas vas a encontrarte con los más folclóricos exponentes del arte mariachista. O como sea que se diga.

Hoy caminaba por ahi.

Lo que hizo de mi caminata una experiencia más interesante fueron los puestos de pulgas y chácharas que abundaban en las aceras como suele ocurrir por aquí cada domingo a media tarde. En algunos casos debía de bajarme al arroyo vehicular porque los puestos sobre la acera bloqueaban el paso de los transeúntes. Y cuando no eran los puestos o los autos aparcados sobre la banqueta, eran los grupos de vecinos del barrio que bebían con camaradería la tercera o cuarta caguama del día.

Caminar por la avenida era, tristemente, como permanecer atrapado en un sanitario público, de esos que para donde voltees hay algo particularmente ilegible que leer. Aquí centenares de bandas callejeras han dejado su firma en zaguanes, bardas, postes y cortinas metálicas; uno llega a temer que si no avanza con la suficiente prisa, tambien acabara con un grafitti a cuestas. Y continuando con esta experiencia multisensorial, el mal olor de las alcantarillas y los botaderos de basura esquina a esquina hacen notar su portentosa presencia mientras el indigente esquizofrénico en turno hace lo suyo para camuflarse entre las bolsas, perros y los desperdicios.

Uno que otro par de ojos que te clava con fijeza su atención, una que otra ama de casa que como bólido se estrella contra uno para seguir su camino como si nada; caninos famélicos escapando del neumático de los autos y niños de barrigas tan redondas como el balón detrás del que corren a mitad de la calle crean un entorno de jolgorio post - apocalíptico; más grafitis, más basura, más borrachos en las esquinas y en los locales de refacciones y vulcanizadoras.

Creo que de aquí nació la nada esperanzadora perspectiva ciberpunk.

Intuyo que sabes ya para donde van mis ideas. Mientras caminaba por Aztecas no podía dejar de pensar en lo fea que era, o en lo triste que seria mi existencia si por infortunadas circunstancias me viera obligado a vivir por ahí. Todo tenia que ver con todo, cada elemento de ese escenario explicaba la inherente presencia de los demás, y al final, esa perversa armonía dejaba muy en claro que el barrio en mucho tiempo no habrá de cambiar; así es Aztecas, igual que otras muchas avenidas o barrios en la Ciudad de México.

Hace algunos años cayó en mis manos un libro llamado No más ventanas rotas, en el que describían a detalle el efecto de una sola ventana rota sobre un barrio completo. Este libro surgió después de que un alcalde en Nueva York, un tal Rodolfo, por ahí del año 2000 pusiera en cintura a la ciudad. Lo que sea que eso signifique. La idea es que donde de inicio se deja rota una ventana, después hay dos; donde hay una casa descuidada, luego encuentras tres; donde hay una calle por la que da miedo cruzar, en breve tendrás el doble de ellas en el mismo barrio.

Acerca de la avenida Aztecas, se me ocurre que todo empezó con un barrio de familias que recién se establecían en la ciudad:

Las colonias alrededor de esta avenida se conformaron con mucha gente de otros estados del pais que se quisieron establecer en lo que otrora era un territorio inhóspito: los pedregales. Antaño nadie creía que la vida civilizada pudiera darse por acá; no había más que piedra y nopales, serpientes, tlacuaches y ardillas para aventar para arriba. Esto es el rastro que dejó tras de sí la erupción del volcan Xitle, pero con todo, la gente se estableció entre las rocas y ocuparon grandes terrenos para levantar sus casas; frecuentemente ellos mismos armaban los muros, el piso, las habitaciones y demás. Fueron llegando más y más, era gente luchadora, y luego de algunas décadas se formó Santa Úrsula, Santo Domingo y alguna otra colonia cuyo nombre la encomendaba a cualquier otra entiddad divina.

Pero siguiendo el razonamiento de Rudolph Giuliani en No más ventanas rotas, me atrevería a suponer que en aquel barrio un mal día alguien pensó que seria buena idea deshacerse de la basura simplemente dejándola en la esquina algunas cuadras hacia la avenida. Entonces esperó a que medianamente oscureciera, agarró sus tres o cuatro bolsas y las llevó como si nada a la calle; al cabo el servicio de limpia de la ciudad se haría cargo. Y así fue, media semana después las bolsas de basura dejaron de estar en aquella esquina.

Por su parte, los vecinos vieron que un día aparecieron unas bolsas de desperdicios en esa esquina, donde, de hecho, daba la casualidad de que no había una casa habitada sino un terreno bardeado. Entonces ellos tomaron a su vez sus bolsas y las llevaron para allá, al cabo que a nadie molestaban y estaban lejos de la puerta de sus casas. Así nació un bello y próspero botadero de basura. Los perros callejeros, que saben mucho de calles, tardaron muy poco en encontrar ese nuevo recurso que las buenas personas del barrio les habían proporcionado y se apresuraron a hincarle el diente; el problema es que ya las ratas del terreno baldío lo habían descubierto mucho antes y les dejaban la comida roída y ensalivada con sabor a rata.

Posteriormente las ratas se acostumbraron a esa buena vida y luuego de un comité democrático mandaron scouts a las casas.

Efectivamente los roedores encontraron más de eso en las casas aledañas al botadero y adquirieron las habilidades necesarias para convivir de buena fe y mejor apetito con los humanos. Para fortuna de su raza y género ratonil los vecinos que pasaban por esa esquina encontraron tan buena la idea de nada más sacar su basura de sus casas en lugar de aguardar el día y horario de los camiones recolectores de desechos, que los botaderos continuaron floreciendo por distintos puntos del barrio.

Entonces llegaron los borrachos. Hombres y a veces mujeres que no eran bien vistos en sus propias colonias porque bebían en las calles y causaban desmán, pero que en este barrio podían estar a su gusto pues nadie les importunaba; particularmente daba la impresión de que las zonas cercanas a los botaderos de basura a nadie les importaban, por lo que se quedaban un ratito a beber a gusto. Un ratito, una noche, una noche y hasta el medio día cuando se trataba de un fin de semana. En breve así, como club social, se fueron identificando entre ellos y reuniéndose los borrachos calllejeros cerca del botadero; de cualquier botadero.

Las luces en las farolas se funden en las calles y se cambian cuando la gente solicita que así se haga, pero a nadie le importaba que se cambiaran las luminarias fundidas de los botaderos de basura; estaban todos ellos convenientemente lejos de la puerta de sus casas como para que alguien se preocupara.

Así fue como en ese oscuro rinconcito de la colonia, o en ese otro, o en cualquiera de los muchos que a la postre surgieron, los que se emborrachaban dieron la bienvenida a los que traían sustancias mejores que la cerveza, y aunque muchos no hacían más que aferrarse a sus caguamas, algunos otros si campechaneaban alegremente entre la chela, la piedra, la mota y las jeringas. También llegaron los que habían robado a un vecino en el otro barrio, y los que decían que habían limpiado una casa completa en menos de media hora. Buenas historias las que se contaban entre sí los que frecuentaban la penumbra cerca del botadero, como compitiendo por quien se traía consigo el mejor alarde.

Con el tiempo los buenos vecinos dejaron de pasar por ahí, se daban la vuelta por el otro lado de la manzana para no tener que enfrentar espectáculos desagradables. Así, los meses pasaron, poquitos, hasta eso, y quienes se reunían en el botadero de basura descubrieron que les habían dejado el lugar nada más para ellos. Entonces concluyeron que ese era su lugar. Para entonces los hijos de los vecinos de las casas aledañas ya ubicaban el movimiento en el botadero más cercano y de cuando en cuando se daban su vuelta para compartir un chupe, a veces una fumada, un buen chiste o hasta un piquete. Nunca falta el aventado.

Entonces la gente del botadero declaro ése su territorio y se pusieron a ellos mismos un nombre como grupo, como banda. La banda del botadero de aquí, la banda del botadero de allá. Se les olvidó que si otrora nadie les molestaba era porque estaban cerca del sitio donde los vecinos tiraban su basura; asumieron que nadie se metía con ellos porque eran una banda, y se salieron del botadero para recorrer la colonia.

Pero el mensaje prevalecía con claridad: puedes hacer lo que quieras en los lugares que a nadie le importan. Y, ¿cómo identificas un sitio que a los vecinos no les importa?, bueno, si pasas frente a una casa que tiene el cristal de su ventana roto y cuando días después vuelves a pasar y esa ventana sigue igual, a nadie le importa esa casa. Reta a un compañero de tu banda para que rompa un cristal en la ventana de junto, o mejor aún, lleva tus latas y firma en la pared de esa casa. Una vez que sea tu territorio podrás seguir dejando tus huellas, quizá expresando tu enfado, tus ansiedades, tu frustración.

No olvidemos que cuando se trata de colonias de migrantes, gente llegada de los estados fuera de la ciudad, el estrés y ansiedad con la que se vivía era mayúsculo: adáptate, sobrevive, pruébales que no fue un error venir a la ciudad. Y una vez que descubres que esa tensión la puedes echar fuera con una buena pinta, una ventana rota o hasta mediante algún que otro parroquiano maltratado, entonces tienes la clave. Uno se tarda poquito en descubrir que cuando dejamos huellas en nuestro territorio hacemos una muestra de poder, y cuando ejercemos el poder sobre nuestro territorio obtenemos la falsa sensación de pertenencia.

¡Y ojala el etrés nada mas surgiera de haberte aventado una gran mudanza!, porque la verdad es que el mero hecho de vivir en la ciudad ya es una actividad estresante. No hace falta ser recien llegado de Momoxpan o Pénjamo para tener el impulso de sorrajarle un puntapié al vecino.

Las cosas marchan bien. Los vecinos a quienes antes no les importaba lo que ocurría una cuadras lejos de la puerta de su casa, ahora se agobian y caminan apretadito para llegar rápido; cruzan el portón, cierran la puerta a sus espaldas y suspiran aliviados. No se meten con nadie aunque las cosas más allá de su puerta se han vuelto peligrosas; pero no importa si de la puerta de su casa hacia el interior de ella todopermanece estando bien.

Además se preguntan quién será el responsable de tanta inseguridad y delincuencia.

Como sea, ahora no hay una casa deteriorada, sino toda una calle que exhibe una absurda multiplicidad de firmas y pictogramas que no le dicen nada a nadie que no pertenezca a la banda que los ha pintado, porque como microcultura, las bandas ya tienen sus códigos y referentes propios; algo así como su propio lenguaje que les distingue de los otros. Y eso esta bien, los grupos e incluso las bandas están bien cuando se desarrollan sintonizadas con la comunidad en la que surgen. En este relato ellos no tuvieron tanta suerte, le hicieron como pudieron porque, finalemnte, a nadie le importaba.

Y como los vecinos ven que efectivamente a nadie le importa, ellos también riegan sus autos con manguera y sacan su basura a medio día mientras saludan a sus vecinos con simpatía. Tiran sus bolsas junto al árbol de la esquina que ya está más seco que el mismo asfalto de su calle y se devuelven a casa. No le temen a las bandas que juegan el juego del depredador en las calles, porque ya los conocen: son sus hijos, vecinos y sobrinos quienes las integran, y algún que otro agregado cultural. No son malos, es que son jóvenes. Y una vez racionalizado en sus cabecitas y completamente normalizada la situación, según su modo de ver, le siguen a su vida.

El ser humano a todo se acostumbra; somos capaces de terminar por ver normal cualquier cosa.

Con este ánimo de tolerancia absoluta los vecinos se relajan a sus anchas, no hay temor ni respeto social. Estacionan el auto a medio centímetro del muro de su casa no'mas porque no pueden meterlo hasta la sala. Afuera hay mucha inseguridad, se repiten, y no se detienen a considerar que un peatón, quizá un niño, va a tener que bajarse de la banqueta para seguir su camino. Un día atropellan a una niña en la calle por caminar en el arroyo, pero a nadie le importa.

El gobierno en turno dirige, entonces, recursos al mantenimiento de las áreas comunes de los barrios, y de entre todas las alternativas selecciona las colonias más llamativas para hacer más trabajo ahí. Es decir, los barrios cuyos habitantes demandan mayor atención son los que reciben más recursos; pero hay barrios que a nadie le importan, ni a los propios vecinos que los habitan. A esos les destinan lo suficiente para limpiar un poco sus calles de la basura, pero será en la próxima administración que se les repararán las farolas rotas, las paredes rayadas, los desagües tapados. Claro, ese momento con la siguiente administtración ni llega, ni importa.

Así la historia sigue ab infinitum, con una comunidad que no se preocupa de si misma. Impera la filosofía del "alguien se encargará", o el "mi casa es de la puerta de ésta para adentro"; no hay quien considere que el deterioro en las calles de su barrio se expande silencioso como un contagio, que no hay un punto demasiado lejano a la puerta de su casa y que, al final, el contagio cruza sin llamar a su puerta y arrastra dentro de casa a todos los que encuentra. Triste y aislada individualidad la que vivimos.

Así termino. Empecé hablando de la avenida Aztecas y sin proponermelo y terminé hablando de mi ciudad completa. Así funciona, el todo es un reflejo de las partes y no solamente la suma de éstas.

¿También tu te has preguntado de donde salió la delincuencia?, ¿porqué no desaparece la corrupción en los distintos niveles de gobierno? Dime entonces si alguna vez has dado una mordida para ahorrarte un trámite; si no te has hecho cargo de tu basura o la has dejado caer a media calle; si te has evitado pagar el mantenimiento de tu edificio, barrio, ciudad o cualquiera de esos pequeños pecados que cotidianamente nos permitimos pensando que, al final, no importan. Detente un poco para reflexionar conmigo y cuéntame cuál es el área de esta ciudad que consideras tu casa.
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El mito de la epidemia.

Me encuentro en la segunda semana de la epidemia por influenza que azota a México y sus alrededores. Por los primeros siete días de la crisis, la ciudad se envolvió en un aire dominguero que permanecía, independientemente de que fuese lunes o sábado. Una experiencia perturbadora cuando, siendo habitante de esta megalópolis, estas habituado o habituada a un caos vial, al constante ruido y a las personas que andan de un lado para otro siempre caminando de prisa, preocupados por llegar al sitio al que deben ir después de haber ido previamente a aquél al que en ese momento tan apresuradamente se dirigen.

La ciudad de repente, por obra de la influenza, se quedó dormida.

Pero el letargo no se debió a que los habitantes de la Ciudad de México se quedaran tosiendo y moqueando en sus casas, sometidos por tremendas fiebres que les causaban un dolor agudo en sus músculos y articulaciones, no. La ciudad se quedó dormida porque las autoridades determinaron que para detener el incremento de casos de infección, las personas habrían de guardarse en casa, reduciendo el contacto con otras personas.

El paro general, de cines, escuelas, empresas, restaurantes y antros, fue una medida preventiva para evitar que este asunto de la epidemia pasara a mayores. Fue, sin duda, una medida sin precedentes.

Vale, que ya en el siglo pasado habían sucedido epidemias en México y las acciones a tomar habían sido similares, supongo. Sin embargo nadie, de entre las generaciones vivas durante estos acontecimientos, nadie tenía entre su experiencia personal un precedente para algo como esto. A la falta de precedentes en nuestras historias personales, se aúna detalle de que somos un pueblo especialmente suspicaz, que no confía en sus autoridades y que no suele dar ni cinco pesos por el gobierno que tenemos, o que mantenemos; se lo hayan ganado o no.

Esto causó el que, ante la obvia incertidumbre que se vive en casos de emergencia como este, donde en menor o mayor grado la vida de uno o la de sus seres queridos se encuentra en entredicho, surgieran teorías de lo más variopintas respecto al origen de la epidemia, del propio virus y, porqué no, del verdadero motivo subyacente tras las medidas adoptadas por las autoridades durante la emergencia sanitaria.

Personalmente, yo vivía con cierta angustia todo el proceso. El jueves a la media noche me llegó al celular la noticia de que aquél mismo viernes las escuelas no abrirían debido a una emergencia sanitaria. Me enteré que se trataba de una epidemia de influenza. Amaneció el viernes y fui a la clínica a ver mis pacientes; y en el camino de ida y en el de regreso, la expresión de la gente a mi alrededor denotaba que era de conocimiento común que algo no marchaba bien.

En el metro, cuando alguien tosía, los demás le miraban con resentimiento y abrían más el espacio entre el interfecto y ellos, lo que en el vagón del metro más que un castigo, parecía ser alguna suerte de obsequio. Al toser ganabas 30 centímetros liberados de espacio vital, si estornudabas, 50. No importaba si la tos o el estornudo eran reales o, como comprobé yo mismo más tarde, fingidos.

Los cubrebocas se fueron materializando paulatinamente en el rostro de las personas; cada día más presentes para donde fuese que uno volteara: verdes, blancos, azules. Al final de la primera semana ya podía verse cobrebocas rosas, negros y de diseños más creativos. La epidemia había impuesto una nueva moda sobre las expresiones urbanas, en más de un sentido. Irónicamente, conforme había más cubrebocas en las calles, la gente en el trabajo o en sus casas más hablaba.

Se trata, decían algunos, de una cortina de humo levantada para evitar que nos demos cuenta (nosotros, el pueblo) de los prestamos que estuvo México recibiendo del Banco Mundial y que nos van a endeudar más, todavía. Ya no seremos dueños ni del salario que vamos a recibir el año que viene, agregaban. Otros también argumentaban que era un engaño de nuestro gobierno para sacar ventaja en estos tiempos previos a la temporada de elecciones; engaño con el que Estados Unidos, España y Francia se habían coludido. Para unos el virus se escapó de un laboratorio; para otros, los narcos lo soltaron para declararle la guerra al presidente Felipe Calderón y demostrarle su poder.

El hecho es que a mi me había dado influenza una semana antes a que el jaleo empezara y lo había pasado mal una semana completa, pero no me morí. Eso último, particularmente, puedo probarlo. Estaba un poco más tranquilo, sabiéndome resistente a alguna de las influenzas que merodeaban en las calles, ya fuera la A, la B o la C; vayan ustedes a saber. Y con tranquilidad fui dándome cuenta de lo que estaba sucediendo:

Aquella mañana todo se veía con asombrosa claridad, se trataba de una antigua estrategia que ha seguido al desarrollo de las civilizaciones desde el inicio de nuestros tiempos. Sucedió en Roma, sucedió en Nueva York e incluso es descrito a detalle en la novela 1984 (donde sale el Big Brother original) de Orwell. La táctica es mantener en shock a la población para que ésta sea obediente a sus gobernantes. Hay casos de esto en Sudamérica y Centroamérica, esto de la epidemia fantasma era uno más de una larga serie de estrategias de control masivo.

Yo estaba hecho. ¡Todo encajaba perfectamente! De hecho, semanas antes habían cortado el suministro de agua en la ciudad, dizque para arreglar el sistema de aprovisionamiento. Era parte de mantener el shock.

Entonces llegó mi hermana. Ella es ingeniera biónica, pero trabaja como biomédica en varios hospitales; le conté mi hallazgo y le explique una a una las evidencias que había encontrado y que confirmaban que no existía tal epidemia. Capté su interés de inmediato, me escuchó con atención, casi boquiabierta, y al terminar mi exposición ella me dijo con su natural diplomacia, que estaba muy bien mi teoría, pero que lamentablemente de los hospitales de los que ella venía si había gente con influenza que se estaba muriendo, y que era mucha.

Por dignidad, yo me quede callado y ya no dije más.

Lo más interesante de todo, sin embargo, fue el cómo me sentí mientras hilvanaba mi teoría de la conspiración. Antes de intercambiar pareceres con un amigo al respecto, antes de empezar a conjeturar acerca de las malas intenciones de rostros que jamás he visto en persona, yo me sentía ansioso, francamente tenía miedo. Es duro pensar que tu destino está en las “manos” de una entidad que ni siquiera pertenece al mismo reino natural que uno; es más, que por ser virus tienen para ellos solitos su propio reino.

Nosotros tenemos que compartir el nuestro con los perros chihuahua, los zopilotes y hasta con los diputados.

Estaba ansioso debido a la incertidumbre de estar viviendo una crisis; el miedo de no saber ni entender lo que esta pasando, la impotencia de no tener mi futuro cabalmente bajo mi control. Entonces me fabriqué una teoría que me explicaba lo que pasaba, le ponía un rostro a los villanos de esta historia e incluso los humanizaba, y me daba un porqué. De inmediato mi ansiedad bajó para ceder su lugar a una pacífica tranquilidad: “esto también pasará”, pensé. Acto seguido busqué compartirla, quizá no tanto por generosidad, sino para confirmarla mediante la aprobación de otras personas. Ahí fue donde la cosa chafeó.

Si mi teoría le hubiese parecido buena a mi hermana, y no me la hubiera echado abajo, ni ella ni los tres siguientes a quienes se las hubiera explicado, yo habría terminado seguro de que este trocito del universo efectivamente funcionaba de esa manera. Así es como hoy en día construimos mitos; exactamente como lo hicieron los primeros seres humanos sobre la faz de la tierra y por las mismas razones: para sacudirnos la incertidumbre.

Déjenme tomar un respiro. No afirmo ni insinúo siquiera que las teorías de la conspiración sean falsas o carezcan de fundamento. Especialmente, sigo creyendo que existen prácticas políticas que se basan en la teoría del shock, como lo sucedido en Nueva York. Pero por lo que respecta a la epidemia que aún permanece flotando en la atmosfera de mi ciudad, no tengo en realidad evidencias para afirmar que se trate de un complot contra el pueblo mexicano, o contra la aldea global; finalmente estamos todos conectados.

Tampoco tengo pruebas de que la OMS exista, ni la ONU, ni me consta tampoco que lo que yo llamo Canadá no sea una extensión de alguna otra nación; o que mi país mismo sea parte de otro y yo viva en una región restringida donde se pone en marcha un experimento socio – demográfico. Ya le paro, el hecho es que si jugamos con la duda, podemos cruzar la línea que separa la cordura de la psicosis. Toda teoría de la conspiración tiene su límite desde los criterios de la pragmática, de lo que me es práctico.

¿Por eso hay que dejar de cuestionar a los gobiernos? No, por favor. Es solo que si vivimos en la era de la información, lo más sensato es aprovechar las herramientas que nuestra civilización pone a nuestro alcance para entender como funciona el mundo del que formamos parte, insisto, el mundo que tanto tenemos, como mantenemos. Si pensamos que la epidemia es una mascarada que sirve para distraernos de los préstamos que recibimos del extranjero, estamos asumiendo que recibir préstamos es económicamente nocivo para nosotros a corto plazo y que solamente México y paisitos como el nuestro reciben préstamos del Banco Mundial. Podríamos pensar que, básicamente el Banco Mundial fue hecho para endeudar a México y alguna que otra nación así de ingenua.

La opción sería zambullirse en sitios de internet que expliquen cómo opera la economía internacional, prestar atención a los analistas, leer alguna revista del tema, consultar algún libro; las alternativas son muchas. Si no nos detenemos para nutrir la información de la que contamos antes de emitir un juicio, lo que digamos sólo será una colección de conjeturas. De hecho, dicen que a nivel de economía o política internacional todo argumento es más o menos también una conjetura.

Claro que entre los distintos tipos conjeturas, hay niveles. Las hay bien informadas y hay las que de plano, así de la nada, nos las sacamos de la manga.

A mi no se me ocurrió eso. Necesitaba de una explicación que me redujera mi ansiedad frente la crisis y me inventé una que me dejaba satisfecho, busqué unas cuantas evidencias para mi argumento y con las primeras que encontré, que encajaban con lo que yo buscaba, me detuve. No investigué ni profundicé más. Finalmente la meta era sentir que entendía lo que estaba sucediendo.

Cuando el ser humano era peludo y recolector de frutos, nómada y todavía no se había sindicalizado, sentía una similar ansiedad frente al trueno, los terremotos y las inundaciones. Se inventó entonces explicaciones que tuvieran un sentido y buscó tantitas evidencias que le ratificaban que sus conjeturas eran correctas, las compartió con sus compañeros de la tribu y cuando éstos las aceptaron se volvieron Las Explicaciones de la cosa en cuestión. La ansiedad entonces desaparecía, porque el mito les hacía sentir que entendían, que podían predecir el desenlace y que podían recuperar cierto grado de control.

Hoy no le tememos al trueno, pero si a los asaltos; ya entendemos bien los terremotos, pero no las recesiones económicas; no nos agobian tanto las inundaciones, pero aún somos poca cosa frente a las epidemias. Somos tan seres humanos como nuestros ancestros y no hemos perdido nuestra capacidad y necesidad de generar mitos, ya sea que les llamemos leyendas urbanas, teorías de la conspiración o como sea. Cualquier mito es una versión válida de la realidad, pero hace referencia sólo a una parte de ella. ¿A que parte?, eso es lo interesante de los mitos.

Cualquier mito guarda en sí una parte de la verdad que retrata eficientemente al mundo; a veces es un pequeño fragmento del mito el que le atina a la realidad, a veces es la totalidad del mito la que lo hace. Hasta que no sepamos en qué grado el mito es en sí mismo una verdad, lo mejor es ser cautelosos y recordar que hasta no contar con la información completa, lo que tenemos en nuestras manos es simplemente una conjetura.

Ni modo, vivir con incertidumbre no es tan malo.
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Sutra de la religión.

En la última semana y en discusiones diferentes he condenado vehementemente a la religión y también la he defendido de manera igualmente apasionada. Quien me hubiera visto en ambos momentos, con mucha probabilidad podría concluir de mí que estoy loco, que no me pongo de acuerdo conmigo mismo o que, francamente, sufro de un peculiar trastorno bipolar.

Mucho dice y repite la vox populi acerca de que no hay cosa que sea más humana que la contradicción; yo difiero. Creo que el ser humano difícilmente se contradice a sí mismo, solo que a veces obviamos la idea que va en medio de las oras dos que parecen sostener significados contradictorios. Creo que entre dos ideas siempre cabe una tercera que las conecta, y entre condenar la religión y defenderla, lo que sigue es la tercera idea que le da sentido a esta contradicción.

Uno de los temas que desde hace décadas me ha parecido de entre los más apasionantes es ese: ¿por qué la gente cree?, ¿de dónde surgen estas estructuras ideológicas tan bien elaboradas y quien se encarga de darles esa coherencia?, ¿quién las patrocina?, ¿por qué es tan necesaria?

Puedo enunciar al menos dos perspectivas del surgimiento de las religiones, una de ellas, y quizá la menos relevante, tiene que ver con los eternos mecanismos de poder: cuando sucedió que los antiquísimos grupos humanos se estratificaron hace mucho tiempo, antes del surgimiento de las primeras ciudades, de las primeras guerras y de las culturas ancestrales de las que somos hoy sus herederos, los hombres y mujeres se organizaron en los de abajo y los de arriba, o sea, los que regían y los que seguían órdenes.

A la postre, esta organización resultó ser bastante funcional porque permitía que quienes tenían mayor experiencia tomasen las decisiones relevantes para la comunidad a partir de su sabiduría, asumiendo, además, la responsabilidad de los errores que devinieran de un juicio mal tomado. Resultó funcional porque le permitía al resto de la población desafanarse de las preocupaciones de encontrar la solución más acertada, de tener que responsabilizarse por las grandes consecuencias y de tener que entregar su paz intelectual y espiritual al bienestar de la comunidad. Los de arriba tomaban las decisiones y los de abajo las ejecutaban. Incluso en ese entonces ya existía el triste consuelo de quien podía decir: “sólo seguía órdenes”.

Evidentemente, estar arriba o abajo implicaba beneficios, además de las responsabilidades. A quienes tomaban las decisiones sobre la vida de la comunidad, les era permitido no realizar las agotadoras labores físicas de recolección de alimentos o cacería de animales, de construcción o defensa de la tribu, sin embargo tenían para sí los hogares más cercanos al fuego de la comunidad y la protección de sus guerreros. Quienes ejecutaban las decisiones eran libres de ir y venir a su antojo, podían permitirse un pensamiento más individualista y el futuro de la comunidad no tenía que quitarles el sueño; la estabilidad de sus vidas dependía del círculo de ancianos o quienes fueran que tomaran las riendas del grupo en sus manos.

Pero esta armonía prehistórica duró justo las generaciones para las que constituyó una novedad, cuando dejó de ser una “buena idea”, para volverse parte del “orden natural” de las cosas, cuando empezó a darse por hecho que alguien debía mandar y alguien ser mandado, los antiguos hombres y mujeres olvidaron que la distribución del poder tenía su sentido y razón de ser. Así que, viendo las ventajas que tenía el tomar las decisiones del grupo, algunos de los de abajo desearon para sí el lugar de quienes estaban arriba y lucharon con sus armas y fuerza física para derribarlos y usurpar sus puestos. La inestabilidad expulsó la armonía de esas antiguas comunidades y la necesidad de volver a ella disparó el ingenio propio de los seres humanos.

Quienes hasta ahora dedicaron su vida a la caza o al combate de las otras comunidades que a veces tenían intensiones invasoras, eran muy jóvenes todavía para contar con una experiencia de vida necesaria. El lugar de gobierno, por eso era mantenido por los más ancianos, los que además habían ya vivido lo suficiente como para ahora dedicarse día a día al bienestar del grupo. Dejar que los papeles se invirtieran ponía en riesgo la subsistencia de la comunidad al diluir los círculos de sabiduría; pero los ancianos no eran ya los hombres fuertes que fueron antaño, sus brazos se habían vuelto débiles y sus piernas ya no contaban con su antigua firmeza, no podrían defenderse encarando frontalmente a sus adversarios. Su fuerza era su sabiduría.

Así pues, al ser ellos los árbitros absolutos de la comunidad, debieron sacarse de la manga un árbitro superior a ellos, que les cobijara bajo el manto de una ley incuestionable, desde una autoridad incuestionable. Subieron entonces a la montaña más alta y al bajar trajeron consigo las nuevas leyes que entidades superiores les habían dictado en, por dar un ejemplo, un par de tablas con caracteres grabados en fuego.

Inventaron así la religión, como una manera de traer orden a la comunidad manteniendo abajo a los de abajo y arriba a los de arriba; así, quien estuviese en desacuerdo habría de aguantarse porque eran los dioses los que mandaban ahora, no los ancianos del grupo, y cualquier detractor de sus leyes divinas habría de someterse al juicio de sus poderes invisibles.

El problema es que la idea resultó tan buena que varias generaciones después, resultó que para estar arriba bastaba saberte todo el rollo de las leyes divinas y el discurso de los que ya no eran los sabios de la comunidad, sino sus sacerdotes. El alto círculo de los que gobernaban perdieron su capacidad de gobernar, al ser más estudiosos de lo divino que de la sabiduría cotidiana, y se hizo necesario generar otro gobierno que tomara las decisiones del grupo bajo la supervisión de los sacerdotes, quienes seguían siendo los embajadores del dios o los dioses.

Es decir, la creación de todo un sistema burocrático de creencias en torno a lo divino se confirmó como un efectivo yugo sobre la comunidad; en inicio tenía sentido y resultó de utilidad, pero al paso del tiempo se volvió en el recurso de unos cuantos para mantenerse en la cima de una estructura de poder. La fe, sin embargo, hacía tiempo que existía, la religión, entonces, se tejió en torno a ella, justificándose mediante ella para crear leyes que los miembros del grupo acataran sin chistar. De entonces hasta nuestros tiempos, la fórmula funciona y no parece haber razones para que el ser humano vaya a abandonarla.

Esa es una perspectiva.

El otro punto de vista es mil veces más cotidiano. Esto de vivir resulta tan complejo que a nadie le molestaría que le echaran un poco la mano con su día a día; ¿de quién estoy hablando?, de cualquier ser humano que se considere como un ser tan físico como espiritual, como social, como mental. Somos tanto y tan todo el tiempo que a veces sentimos como que no podemos encargarnos de todas las esferas que nuestra vida abarca, y la religión es la promesa latente de que, al menos en lo espiritual, no habremos de preocuparnos.

La religión ayuda a hombres y mujeres con buena parte de su necesidad trascendencia, de la que, según Maslow, no podrían hacerse cargo sino hasta ver satisfechas todas las otras necesidades que están en la base de la pirámide que él dibujó para hacerse famoso. Según él, no pensaremos en educarnos si no tenemos los alimentos suficientes para subsistir y un techo para cubrirnos de los elementos, no se nos va a ocurrir tener mayor repercusión en la sociedad si no somos primero objeto del afecto de alguien, y así, en general, no vamos a quemar energía preocupándonos en que va a ser de nosotros luego de que nos muramos si las otras necesidades, más relevantes para sobrevivir de aquí a que anochezca, no las tengo resueltas.

Pero que no alcance a preocuparme por mi trascendencia, porque aún debo de ver qué como mañana, no significa que no me preocupe por lo que dejaré una vez que muera.

Aquí entra la religión: me permite satisfacer una necesidad que de otra manera no alcanzaría a cumplir, y digo alcanzar intencionalmente dado que es la necesidad más elevada. La religión vuelve accesible la trascendencia.

Por eso, si volteas a tu alrededor verás que quienes cuestionan a la iglesia y buscan una ideología desapegada de las estructuras religiosas no son parias sin hogar persiguiendo un perro callejero para hacerse del almuerzo para este martes; nop, el pensamiento “libre” es un lujo propio de quienes tienen comida, techo, entretenimiento, una educación y esas necesidades que Maslow ubica en la parte baja y media de su pirámide.

La religión y la iglesia proveen entonces a quienes no pueden hacerlo por sí mismos de un encuadre moral, cosmogónico y afectivo para sobrevivir su cotidianidad; es un bálsamo y una cura, el clavo ardiendo que crea la fantasía de que su pirámide personal ya está completamente satisfecha, con todas las necesidades posibles ya cumplidas: ¿que importa ser infeliz si cuando muera me iré al cielo?, ¿qué importa no tener un techo si ya es mío el paraíso?

Parece incongruente que en la misma semana alguien como yo condene la religión y en seguida la defienda, pero creo que desde la perspectiva de una estructura de control social, la religión es una asombrosa obra de ingeniería social que despierta mi admiración por la inteligencia que subyace detrás de ese edificio ideológico, y mi rechazo por someter a un pueblo a una vida sin posibilidades para fortalecer una independencia individual: fomenta la subyugación, el autorechazo y la intolerancia.

Y también creo que para muchos es el único recurso para sentir que su vida tiene sentido y les da acceso a este arbitro supremo que un día vendrá a su rescate, aunque su razón les diga que ese día milagroso jamás llegará. La religión les permite mantener la esperanza en una sucesión de días donde cada cual parece ser peor que el anterior.

A decir verdad, creo que es muy cómodo para alguien como yo cuestionar el apego de otros a su religión; cuando veo que mis necesidades están satisfechas y puedo dame el lujo de sentarme ociosamente a masticar mis experiencias para producir una reflexión de cuatro cuartillas en una sola sentada, bien puedo darme a la tarea de cuestionar lo que sea y generar mis propias ideas; pero otra cosa bien distinta sería si tuviera que sentarme con la cabeza entre las manos, devanándome los sesos para ingeniar cómo conseguiré el alimento de esta semana.
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