Vida, un Sutra & SIDA.

[Publicado en Anodis: http://anodis.com/nota/10471.asp]

Carlos es un hombre que llegó un día a consulta, considerando que era ya tiempo de ver como andaba su infección por VIH. Me sorprendí mucho al verlo entrar: un tipo alto y atractivo, cercano a los cuarenta, de cuerpo extremadamente atlético, bronceado y de movimientos enérgicos. Llegó sonriendo, haciendo bromas como si la entrevista que habríamos de sostener fuese de lo más cotidiano, y con toda la tranquilidad del mundo, me contó su breve historia.

Sucede que él fue uno de aquellos hombres que se infectaron de VIH en la década de los ochenta, y entre orgías, fiestas y parrandas, un día, por la mañana, decidió hacerse la prueba de detección de anticuerpos al virus y ver como andaba la cosa. El resultado fue positivo. Ser seropositivo a los veinticinco años no era el sueño de su vida, pero no por vivir con el VIH iba Carlos a renunciar a sus proyectos que ya empezaban a materializarse.

Y cuenta que asimilarlo fue muy difícil. Pasó de una etapa de negación a la de enojo y por ahí a todas las fases que se viven a lo largo del duelo, pero paulatinamente fue descubriendo que, al menos en su caso, el VIH no tenía que ser el protagonista de su historia, porque el protagonista verdadero era Carlos; y así empezó a vivir.

Sin volver a negar su realidad como hombre que vivía con VIH, Carlos resolvió no construir su existencia en torno al virus, y su primera acción fue informarse; saber que era lo que sucedía si no se protegía en lo sucesivo y se reinfectaba, saber cuando eran necesarios los medicamentos antirretrovirales, y conocer sus posibilidades, en general. Resolvió que se medicaría a las primeras señales de deficiencia inmunológica, que se cuidaría al tener sexo para no reinfectarse y fortalecer al virus, y que haría lo que estuviese en sus manos para ser feliz.

Yo al ver al hombre que me contaba esta historia, contada un poco más per extenso que como yo se las platico en estas líneas, me quedó muy en claro que él lo había conseguido: sentado frente a mí, en mi consultorio, tenía a un hombre que era feliz. De los ochenta a la fecha había vivido su vida de manera especial, más enfocado en su bienestar de lo que se enfoca la gente común, y más consciente que los demás del estado de sus propias emociones. Se cuidó a sí mismo, dice, como cuidaría de alguien a quien amara tremendamente; se arriesgó como se arriesgaría cualquiera para conseguir sus proyectos, pero siempre hubo ciertas cosas que no eran negociables, como su tiempo para estar consigo mismo y con los suyos, como sus momentos de descanso y etcétera.

Finalmente, Carlos terminó platicándome que en su caso, el VIH cambió su vida de una forma en que él mismo jamás hubiera imaginado; aprendió a vivir para evitar morirse, adquirió una firme responsabilidad de sí y conoció los sabores, colores y esencias del mundo mediante toda la capacidad de sus sentidos. Estaba efectivamente más vivo que muchos que a su alrededor vivían sin la infección, y se sentía más feliz. Jamás me mencionó estar agradecido por haberse infectado, hubiera sido muy bizarro que así lo hiciera, pero sí insistió un par de veces en el orgullo que sentía por haber encontrado la manera de salir adelante.

Semanas después, Carlos regresó por los resultados de su prueba; serológicamente era positivo como podía esperarse, dado que el VIH no desaparece del sistema sino que, como resultó ser el caso de Carlos, llega en las mejores situaciones a un nivel indetectable entre las células de la sangre y hace innecesario el tratamiento con medicamentos antirretrovirales.

Se dice que hay personas que toleran mejor que los demás la infección al VIH y que pueden jamás llegar a desarrollar enfermedad ninguna asociada con este virus. Se dice que es debido a su genética privilegiada, a una cuestión cromosomática y etcétera, etcétera. Con Carlos dudo que haya sido así.

Cuando una mujer o un hombre vive con la infección del virus, el estilo de vida es fundamental para protegerse del SIDA: el VIH afecta directamente las células blancas de la sangre, las que corresponden al sistema inmunológico, y lo deterioran. Cuando las defensas quedan tan bajas, las enfermedades oportunistas llegan y hacen su agosto sobre la salud de la persona. Paralelamente, cuando nosotros estamos muy contentos y reímos, cuando bailamos o hacemos ejercicio y cuando, básicamente, estamos muy a nuestro gusto, el organismo secreta unas hormonas de nombre: endorfinas. Las endorfinas afectan inmediata y positivamente la producción de células del sistema inmunológico, fortaleciéndolo y protegiéndonos de las enfermedades.

Lo que Carlos hizo al vivir monitoreando el bienestar de sus emociones, haciendo ejercicio y buscando sentirse a gusto con él mismo, fue precisamente fortalecer su sistema inmunológico contra los ataques diarios del VIH. Además, Carlos se tomaba muy en serio sus horas de descanso. El no lo sabía, pero mientras dormimos, nuestro cuerpo secreta una sustancia llamada “hormona del crecimiento”, la que tiene por labor el regenerar todos los tejidos que se van deteriorando a lo largo del día, ya sea por el desgaste cotidiano o por la presencia de algún virus insidioso que merma al sistema inmunológico.

Así Carlos pudo mantener su salud, pese a vivir infectado por el virus que puede llegar a ocasionar el SIDA, en un tiempo en el que los medicamentos antirretrovirales eran verdaderamente agresivos contra el organismo de la persona que vivía con VIH. En nuestros días la cuestión es ligeramente más sencilla, los medicamentos han dejado de ser tan nocivos y existe una mayor apertura frente al tema del síndrome de inmunodeficiencia adquirida, pero todavía hace falta entender lo que de manera intuitiva fue muy clara para Carlos: la calidad de vida puede ser una determinante para desarrollar o no el SIDA o, incluso, otras enfermedades.

Actualmente, en ocasiones me encuentro con él en la barra de algún bar, charlando con alguien o despidiéndose luego de una o dos cervezas. Él, por supuesto, no se llama realmente Carlos, pero creo que su historia es una anécdota sobre la que podríamos reflexionar un rato.
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Los peligros del autoboicot.

[Publicado en Anodis.com: http://anodis.com/nota.asp?id=10723]

Cuando trabajas en un consultorio, es sorprendente el número de personas que acuden a psicoterapia llevados por el final de una relación de pareja que termina de manera abrupta; y entre ellos, todavía más sorprendente es el número de gente que termina su relación por problemas con su celular.

Me explico:

Cuando Juan se quedó solo en el departamento, descubrió que Israel, su pareja, había dejado olvidado su teléfono celular en el buró del dormitorio. Juan lo tomó y mientras miraba la televisión, jugueteaba mecánicamente con el aparatito en las manos. La tentación era demasiada - me dijo un mes después, cuando acudió a consulta - lo abrió rápidamente como cuidándose de que Israel no apareciese de pronto cruzando la puerta, y se dirigió directamente a los mensajes de texto recibidos por él en los últimos días. Nunca antes lo había hecho, tampoco esperaba encontrar nada en específico; al menos eso es lo que él dijo.

El hecho es que entre los mensajes, además de encontrar los que él mismo le había escrito a Israel, se topó con varios de un tal Gerardo X., quien en un mensaje le confirmaba alguna cita dos días antes, en otro le avisaba que llegaría tarde a la susodicha, y en algunos más le enviaba una dirección o un número de teléfono. Juan estaba furioso, eso ya se lo imaginaba, ahora para él todo tenía sentido. Cuando Israel llegó a casa esa tarde, Juan ya le esperaba con una colección de sus mejores reclamos, dispuesto como estaba a hacer confesar a su pareja cada detalle sobre su presunta infidelidad.

En el ínterin, Israel supo, obviamente, que Juan había revisado sus mensajes en el celular, lo que le hizo sentirse invadido y traicionado. Le dijo a Juan que el tal Gerardo era un cliente suyo y que la sita había sido simplemente de negocios, pero el aludido, lejos de dar su brazo a torcer, dio final a su relación con Israel con tres o cuatro frases que dejaron malherido al que había sido su pareja por once meses.

Semanas después, extrañando su finada relación y de vuelta a casa de sus padres, Juan se enteró mediante un amigo mutuo que Israel, quien se dedicaba al mundo de las ventas, había efectivamente tendido con Gerardo, una relación estrictamente profesional. Sin embargo era ya demasiado tarde, Israel no quería saber más de Juan.

A esto me refiero cuando hablo de parejas que terminan por problemas con el celular.

Y no sólo debido a éste comprometedor dispositivo, también existe el correo electrónico y el correo ordinario, la cartera, los archivos personales de la computadora y una infinidad de oportunidades listas para ser aprovechadas por quien busca sin esperar otra cosa que la confirmación de sus inseguridades; porque en el caso de Juan, el protagonista verdadero de la historia fueron exactamente sus inseguridades.

Injusto sería afirmar que la culpa del fin de su relación la tuvieron los mensajitos, el celular o incluso el olvido de Israel; en realidad Juan atravesaba por una etapa difícil en su vida que le llevó a creer que todo a su alrededor iba mal; un fracaso en su trabajo y su personal crisis económica mellaron el concepto que tenía de sí mismo, y consecuentemente, concluyó que no había razón alguna para que Israel deseara estar con él, se sentía poco atractivo, poco susceptible de ser amado. Así que sin darse cuenta, Juan se boicoteó a sí mismo. Buscó evidencias de que su pareja ya no lo amaba, y al creer encontrarlas lo ahuyentó de su vida antes de que Israel lo ahuyentara a él.

Carece de toda lógica, ¿cierto? Juan era tan feliz, que no creía que eso fuera posible, así que lo estropeó todo por no sentirse merecedor de lo que tenía; pero insisto, es asombroso el número de parejas que corren exactamente con esta misma suerte, tal vez con otros nombres, tal vez unas ellas en lugar de ellos, acaso con el eMail en lugar del celular, o la variante que sea, en el fondo sucede lo mismo: uno se deja abordar por las inseguridades e invade la intimidad del otro para buscar lo que jamás querría encontrar, y al final, un arranque de celos que da inicio a una despedida triste sin posibilidades de ningún retorno.

La principal vacuna para este mal es, sin la menor duda, la confianza. En el mundo actual es corriente que vivamos inmersos en una marejada de emociones y que de cuando en cuando se nos vaya la mano con el control que hacemos o dejamos de hacer sobre éstas. Si como Juan, de repente te sientes inseguro o insegura y crees que necesitas saber algo que no te queda claro de tu pareja, pregúntale y confía en su respuesta. No hagas las cosas a sus espaldas cuando concierne a su privacidad, y no te construyas historias donde tu mismo te dejas en el peor papel.

No tomes decisiones cuando tengas las emociones a flor de piel, es casi seguro que doce horas después estarás lamentándote de haberlo hecho, y muy probable que no puedas solucionarlo una vez ya consumada tu decisión.

Y una más: confía en ti mismo o en ti misma. Cuando sientas que las cosas son demasiado perfectas y no te crees que tanta perfección pueda ser real, cierra los ojos y déjate llevar, disfrútalo. Si lo estas viviendo, con toda seguridad te lo mereces; no dejes que las inseguridades te lo echen a perder.
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Sutra de la vejez.

[Publicado en http://www.gayguatemala.com/novedades/nov21_2007.htm]

Cuando fuimos pequeños, frecuentemente tuvimos que dar respuesta a la pregunta más existencial del momento: “Dime Juanito, ¿qué quieres ser de grande?”, y entonces nosotros, o Juanito en este caso, abandonábamos nuestros juegos para imaginarnos rescatando heroicamente a las ahumadas víctimas de algún incendio, arrestando peligrosos criminales o hasta de safari por ignotos recovecos del África Negra, y entonces contestábamos con satisfacción anticipada y una sonrisa de oreja a oreja, lo que seríamos de grandes.

Años después crecimos, fuimos al bachillerato, talvez nos aventamos una carrera y entre desvelos, trabajos, exámenes, y sábados de ligue, nos topábamos con nuestras tías y las amigas de mamá que interrumpían su algarabía social para preguntarnos a su vez: ¿qué harás al terminar tus estudios, Juanito?, y el pobre Juanito, así como en su momento también nosotros, mira estupefacto a las menopáusicas señoras mientras se devana los sesos buscando para ellas una respuesta convincente.

Así, Juanito se enfrenta cada tanto a una nueva versión de la misma pregunta; cada tanto debe buscar dar atisbos de lo que va a ser su futuro para darle un sentido al hoy que vive en el momento. Y con los años, llega el cumpleaños en que no es más Juanito, sino un Don Juan adulto que por fin es lo que iba a ser de grande y ya hace lo que haría cuando terminara sus estudios, con cierto margen de error, por supuesto. Y es entonces cuando la vida le pareciera resuelta y conseguida, carente de más preguntas insidiosas que le obliguen a verse proyectado en el futuro; pero se equivoca, siempre cabrá el preguntarle: ¿Qué vas a ser cuando seas viejo?

Ya no hay un adulto condescendiente ni una tía melosa para hacer esa pregunta, ya no hay respuestas inteligentes ni un límite de tiempo para contestar; sólo está Juan, dentro de algún momento de tranquilidad: tal vez abrazando a tu pareja que se va quedando dormido o conduciendo el auto de vuelta a casa. ¿Qué vas a ser cuando seas viejo?, la idea suena en su cabeza resonando como un eco persistente mientras espera a que un estímulo inesperado le distraiga su atención y le deje concentrarse en otra cosa, alguna que le inquiete mucho menos.

Y es que en la comunidad gay el tema de la vejez es un tópico tabú que constantemente evitamos en las conversaciones con los amigos y en las reflexiones personales. La mercadotecnia nos envuelve con modelos de desbordada juventud que son remplazados en cuanto la primera cana se aparece entre sus cabellos; vestimos ropa juvenil aunque hayamos rebasado los cuarenta y asistimos al gimnasio para aferrarnos a la juventud que insistentemente se nos escapa de entre los dedos. Eso no esta mal, lo que es malo es vivir con miedo.

La vejez es un tema incómodo. Pensar en la vejez para el hombre gay le implica pensar en la soledad por anticipado, perder la competitividad social que hoy le permite sentirse atractivo y exitoso en el ligue, y ser objeto de un doble rechazo por ser homosexual y por ser viejo, rechazo proveniente de la comunidad heterosexual y de la gay. Inevitablemente la comparamos con la vejez de un hombre heterosexual y sentimos que salimos perdiendo, ya que idealmente el hombre con esposa e hijos llega a viejo rodeado de su familia, con compañía garantizada y cariño y soporte que no habrían de faltarle hasta sus últimos días. Idealmente.

La realidad es que para el hombre homosexual o el heterosexual, la vida no da garantías para la vejez. Nadie puede garantizarte que lo tendrás todo cuando seas viejo e, igualmente, nadie puede garantizarte que no tendrás nada. El hombre heterosexual puede ser objeto de divorcio y llegar en soledad a una edad avanzada donde los hijos pueden estar cada vez más lejos y le visiten sólo en Navidad o alguna vez cuando esté muy enfermo; el hombre gay puede llegar a viejo rodeado por su antiguo grupo de amigos, y los amigos nuevos, conectado con su familia y envejeciendo con su pareja. Así, no más hay garantías de las que uno mismo establece.

A ti, ¿qué tipo de vejez se te antoja? Hoy es el momento en el que debes de extender tu proyecto de vida a esos próximos años y visualizarte en el mañana como lo hicieras cuando niño; y establecer tu estilo de vida actual dependiendo del tipo de viejo que serás: ¿Quieres ser un viejo alegre y dicharachero?, ve practicando ya tu risa y ensayando tus mejores chistes; ¿Quieres ser un viejo exitoso?, sacúdete la flojera y vete poniendo las pilas para tener una vida de la que mañana puedas sentirte orgulloso; ¿Quieres ser un viejo rodeado de amigos?, vuelve verdaderos amigos a tus relaciones actuales e identifica quiénes permanecerán contigo a través de los años; ¿Quieres ser un viejo atractivo?, empieza ya a hacer ejercicio y ponerte en forma, bebe y fuma menos, dile a tu cuerpo que hacerse viejo no es equivalente a dejar de funcionar. Después de todo, es hoy cuando construyes al tipo de viejo que serás en el futuro, eso sí es una garantía.

¿Temes llegar a viejo? No tienes porqué. Teme acaso a la vejez de los otros, pero no a la tuya, porque esa es diferente.

Tú no tienes que sufrir a la vejez, ni tiene la vejez porqué ser el monstruo sanguinario que aguarda debajo de tu cama para devorarte. Redefínela; conoce para ti como sería llegar a viejo y descríbete esa época de la manera más antojosa: tal vez con muchos ahorros para viajar como jamás lo hiciste, quizá envuelto en artes o pintando los cuadros que jamás tuviste tiempo de pintar, o aprender a pintar; tal vez pasando grandes tiempos con tus mejores amigos, riendo, cantando y contando historias y aventuras de los viejos tiempos; tal vez en una cabaña en las montañas, abrazado por tu pareja y con la chimenea crepitando y calentando la estancia, una cava repleta de vinos finos, las viejas canciones que a lo largo de los años se dedicaron uno al otro y los copos de nieve cayendo despacio detrás de la ventana. ¿Por qué no? Siempre estarás a tiempo de construirte una vejez perfecta.

¿Vez que no hay razón para ponernos nerviosos?, ¡Feliz cumpleaños! Finalmente se trata de ser cada vez más grande; y los grandes hombres o las grandes mujeres celebran al tiempo como el camino que es, a lo largo del que son cada vez más lo que siempre desearon ser.
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